Fenomenología de la traducción

En cualquier traducción que tomemos como ejemplo, el foco (casi) siempre está puesto en el resultado, es decir, lo que llamamos “texto meta”. El producto de una traducción, como todo servicio, es lo que se le presenta al destinatario de la misma, ya sea cliente, lector, etc. El receptor, naturalmente, no está al tanto del proceso previo, y tampoco tiene por qué estarlo, si vamos al caso. Pero sería interesante detenernos en observar que y cuanto ocurre en dicho proceso.

A enormísimos rasgos, el universo que engloba la traducción puede dividirse en cuatro grandes componentes, a saber:

  1. el traductor como sujeto,
  2. el texto fuente, que es la materia a trabajar,
  3. la acción que realiza este sujeto sobre la materia, es decir, el acto mismo de traducir, y
  4. la traducción en sí misma, como resultado final o producto.

Desde las etapas más iniciales de la formación moderna como traductores se nos ha indicado, de forma constante y, hasta por momentos, obsesiva, que el traductor no traduce palabras sino ideas. Al imponerse el criterio lingüístico sobre el literario, esta frase, convertida ya en el lema de todo profesional de la traducción, es inobjetable. Se ha intentado, con este eslogan, que los traductores no caigamos en las garras de la llamada traducción literal, práctica reprochable cuyas consecuencias, jurídicas o no, pueden llegar a ser calamitosas. Y, dicho sea de paso, práctica en la que incurren muchos profesionales (no traductores) bilingües, que se aventuran en la labor de traducir y que, frecuentemente, como consecuencia, condenan a sus lectores a la salvaje intemperie de la incomprensión.

No obstante, tampoco hay que confiarse. ¿Qué es “confiarse”? Pues desechar las palabras de forma prematura, excluirlas anticipadamente del esquema de trabajo. Adhiero, para que quede claro, de forma total e indubitable, a la concepción inclusiva de la traducción como elemento constitutivo del diagrama comunicativo. Traducir es comunicar y tiene como principal objeto que el mensaje llegue a su destinatario de la forma más clara y eficiente posible, independientemente de cuales sean las palabras seleccionadas a tal efecto. Estas unidades lingüísticas son, entonces, el comienzo.

Al igual que otras disciplinas, el acto de traducir tiene un origen material. Es decir, al realizar su labor, y, por ende, al realizarse a sí mismo en su carácter, un traductor parte de la materia. Esto implica, por un lado, que es lo que se va a traducir, y, por el otro, paradójicamente, que eso, justamente, es de lo cual deberá alejarse, una vez internalizado el sentido. Estas representaciones, expresadas en formulaciones lingüísticas, no son otra cosa sino palabras. Entonces, las palabras son la materialidad que encierran y que envuelven esas ideas o nociones que el traductor deberá, aplicando su conocimiento técnico y creativo, intentar desentrañar, emular en otra lengua y, a posteriori, codificarlas para que la comunicación produzca los efectos deseados.

De las muchas formas en las que puede abordarse la traducción, entendiendo “traducción”, en este caso particular, como “acto de traducir”, me ocuparé de la fenomenológica. Es decir, la traducción explicada a través de fenómenos.

Asumiendo el riesgo de caer en la simplificación, se podría afirmar que, para el traductor, existen dos actos esenciales mediantes los cuales se vincula con el mundo que lo rodea y son los siguientes: leer y escribir. Suena a poco. Obviamente, traducir es mucho más que eso, pero nadie podría negar que un traductor no sea un sujeto que, básicamente, lee y escribe. En el ámbito de la interpretación, estos actos son reemplazados por otros dos: escuchar y hablar. Entre la acción de leer y escribir, (o la de escuchar y hablar, si hablamos de intérpretes), y quedando las mismas incluidas y constituidas como principio y final, tienen lugar los fenómenos fundamentales y autoconscientes de asignar nuevos significantes a los significados ya conocidos y analizados, y entre los cuales se incluyen las dos acciones previamente mencionadas, cualquiera sea la modalidad de trabajo. Este proceso adopta una forma dialéctica, es decir, de confrontación constante, siempre de manera previa a su exteriorización. 

Llámese traducción objetiva al proceso en el cual en alguno de sus extremos se encuentran los actos exteriores, por así llamarlos, que realiza un traductor (leer y escribir) o un intérprete (escuchar y hablar). Si hubiera que dividir la labor en tres etapas, serían T.O. la etapa 1 y la 3. Hay un proceso de decodificación al replicar las unidades que ingresan a través de los sentidos del traductor y que se depositan en su sistema cognitivo. Asimismo, se recodifica cuando el profesional reproduce por escrito o de forma oral las palabras dictadas por su conciencia. En términos estrictamente filosóficos, podría considerarse este proceso como semi (o parcialmente) fenomenológico. Es, en cambio, traducción subjetiva el fenómeno mental, dialéctico y creativo de despojar significados de sus significantes expresados en una lengua determinada y asignarles significantes en otra lengua. La T.S. se ubica en el medio del proceso (etapa 2) y es, como dije anteriormente, el acto constituyente de la traducción en su concepción más sustancial y restringida.

2 thoughts on “Fenomenología de la traducción”

  1. Fenómena la Fenomenología! Quedamos a la espera de más artículos sobre la tarea de les traductores y sus implicancias.

    Ah, y se agradece el esfuerzo por resguardarnos de aquelles que ”condenan a sus lectores a la salvaje intemperie de la incomprensión” 🙂

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