Pandemia y destotalización de la historia

La crisis desatada por el COVID-19, popularmente conocido como “coronavirus”, ha sido, sin lugar a dudas, el hecho más trascendental del siglo y, probablemente, de la historia. Nunca antes una adversidad sanitaria había afectado casi en simultáneo a, prácticamente, todas las naciones del mundo. Nos enfrentamos a una enfermedad contra la cual no hay cura y las vacunas aún  se encuentran en desarrollo. La única medida preventiva adoptada ha sido el aislamiento.

La pandemia ha cortado, de forma transitoria, muchos de los circuitos mediante los cuales el mundo se conectaba: turismo, comercio, negocios, etc. Es decir, aquellos que fueron vehículos vitales para la propagación de los contagios terminan siendo liquidados por el mismo coronavirus. Así, la enfermedad viene a ser una especie de consecuencia y, a la vez, verdugo de la globalización: el germen contenido dentro del sistema y capaz de destruirlo. O, por lo menos, de dañarlo significativamente. Estos oleajes de la globalización son, hoy, la medida de “avance” de la historia.

La Covid-19 permite pensar la totalidad, lo global. Nos acerca a lo absoluto. Es el evento de mayor densidad de la historia, por sus múltiples, arrasadoras, y todavía desconocidas, consecuencias; porque termina de correrle el velo a las ya expuestas desigualdades; porque produce y producirá desquicios sociales, económicos y hasta psicológicos; y porque se produce con una sincronización espeluznante. Y todo eso en un lapso muy breve de tiempo. Es mucho más abarcativa que cualquier otra pandemia, derrumbe económico, revolución o, incluso, guerra que haya acontecido anteriormente. Cabe entonces preguntarse ¿qué papel juega esta pandemia en la historia?

Algunos pensadores han planteado la “linealidad” en el transcurrir de la historia. De esta concepción, se deduce el carácter totalizante del devenir histórico. Otros, en cambio, descreen de una idea de totalidad y postulan el “movimiento caleidoscópico” de la historia. Estos últimos se han representado en las ideas surgidas en las últimas décadas del siglo XX, tales como el posestructuralismo y el posmodernismo. Incluso, exponentes de estas corrientes han llegado a elaborar y desarrollar conceptos como “fin de la historia” o “fin de las ideologías”.

Sin adentrarnos en las confrontaciones políticas e ideológicas que subyacen en las posturas indicadas anteriormente, se puede decir que, en realidad, no es que la historia tenga un sentido u otro sino que oscila entre ambos: es decir, totaliza y destotaliza. Como en una coreografía improvisada, pero metódica, la historia transita, a los tumbos y golpes, hacia la totalización. No obstante, cuando se encuentra a punto de totalizar, destotaliza. En el instante previo a su culminación, estalla en mil pedazos e inmediatamente, y sobre sus propias ruinas, comienza el camino nuevamente, reconstruyéndose hacia su totalización. Imaginemos un rompecabezas de incontables piezas y que, un instante antes de colocar la última para completarlo, las restantes ya ensambladas vuelan por el aire y regresan, como por arte de magia, a la caja que las contenía.

La caída del Muro de Berlín en 1989 y el atentado contra las Torres Gemelas en 2001, por nombrar dos ejemplos “contemporáneos”, han sido tomados como acontecimientos que importan la alternancia entre los movimientos de totalidad (linealidad) y no totalidad (caleidoscopicidad) de la historia. No obstante, considero más adecuado considerarlos ejemplos claros de destotalización histórica. No es que nos fuimos a dormir una noche con la historia “yendo” hacia una dirección y nos levantamos a la mañana siguiente con la historia dirigiéndose hacia la dirección opuesta. Estos casos son la culminación de un proceso respectivo y consecuencia de una multiplicidad de construcciones. Pero es innegable que condensan un volumen histórico suficiente para considerarlos bisagra y puntos de partida hacia otros paradigmas.

Otro hecho destotalizante fue, sin lugar a dudas, la elección de Jorge Bergoglio como Santo Pontífice en 2013. La asunción del Papa Francisco fue una bocanada de oxígeno para un movimiento religioso que se encontraba inmerso en una profunda crisis, muy cuestionado por diversos sectores y totalmente desconectado de la actualidad (recordemos quien fue su predecesor). Se planteó una especie de estrategia de “regreso a los orígenes” (o “a las bases”, o “a las fuentes”) que, por lo menos en lo discursivo, y también acompañado de algunas medidas templadas, apunta a dar una impresión de ruptura categórica con la etapa anterior, mucho más anacrónica y descompuesta. Asimismo,  representó un golpe durísimo para quienes pretendieron hacer del fin del cristianismo una filosofía de la historia.

Nadie puede saber a ciencia cierta hasta dónde llegarán las secuelas de este particular hecho histórico que nos toca vivir. Pero es innegable que una de sus características principales son la de representar un punto de quiebre y de reconfiguración histórica. No obstante, estos tiempos que corren no están exentos de ciertos interrogantes: ¿sigue siendo viable la consideración de la historia como una alternancia de “sentidos” o “direcciones”? ¿Son estas dos posturas integrables en términos dialécticos? ¿Cada país tiene su propio discurrir histórico o, directamente, debemos hablar de una trayectoria universal? Volveré sobre esto más adelante.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *