Existe una sutil pero significativa diferencia entre ser “hijo” de una época y tener la denominada “conciencia de época”. ¿Qué distingue ambos estadios? Pues, muy sencillo: la actitud crítica. Un hijo de su época podría asimilarse a la figura del “buen cristiano”. Se trata de individuos que no examinaron la era que les tocó vivir ni la contextualizaron con relación al pasado o al futuro. No han sido adelantados ni atrasados. Ocurre que la historia analizada en retrospección es cada vez más homogénea a medida que “avanza”, o que “progresa”. No hay postura crítica sobre el presente o sobre los valores que lo marcan. No hay abstracción que permita considerar otra época que no sea la que se está transcurriendo. Por supuesto, no me refiero al espíritu juvenil rebelde típico de la adolescencia, esto va mucho más allá.
Dicho esto, corresponde ahora realizar un pequeño ajuste en los términos utilizados. Cuando expresé “hijo de época”, en realidad estaba haciendo referencia a un individuo que encarna una “conciencia contemporánea”. En cambio, lo que se presentó como “conciencia de época” debe, en efecto, denominarse “conciencia extemporánea”. Es casi innecesaria la aclaración, pero la hago de todas formas: dos personas que hubieran nacido el mismo día del mismo año pueden tener, cada una, un tipo distinto de conciencia. Y puede resultar obvia la apreciación, pero no dejo de marcarla: una persona puede adquirir conciencia extemporánea habiendo nacido, por decir, 500 años antes que otra persona con conciencia contemporánea. Está a la vista, por más que las palabras nos tienten a sacar conclusiones apresuradas, que el factor determinante no es el temporal, justamente.
¿Cuáles son, entonces, las fuerzas que operan sobre las conciencias, haciendo que sigan un camino o el otro? ¿La religión? ¿La tradición? ¿Las costumbres? ¿Qué necesitaría, en cambio, la conciencia para romper el molde histórico y liberar su potencia de abstracción que le permita abarcar otros tiempos y plantearse seriamente distintos paradigmas?
Veamos.
Se podría decir que tanto la religión, la tradición y las costumbres son grandes vehículos continuadores de la conciencia temporánea. Obviamente, la más visible de ellas es la religión, por muchos motivos: cuenta con una estructura material y emocional; es, prácticamente, tan antigua como la historia; y, sobre todo, se encuentra instalada y legitimada política e institucionalmente.
La tradición no difiere sustancialmente de la religión, aunque se encuentra más segmentada y es más propia de las sociedades o comunidades. No tiene ese carácter universalizante que sí tiene la religión sino que es general pero, a la vez, regional. El componente central de la tradición es esa apelación a lo afectivo y a lo familiar, la famosa “teoría del legado”. Hay una cálida pero firme presión que nos lleva a prolongar esas tradiciones para honrar la memoria de nuestros antepasados. Es decir, la energía es el sentimiento.
Las costumbres son, en cambio, el eslabón más sutil. Y, paradójicamente, el elemento más poderoso. Comparten el elemento segmentado de la tradición y, si bien las costumbres se modifican con mayor frecuencia, su altísimo grado de imperceptibilidad e internalización hace que nuestro pensamiento crítico sobre ellas sea más infrecuente y poco accesible. Todo esto al margen de sus implicancias jurídicas (son fuente del derecho). Si simplificáramos y dijéramos que toda religión es tradición y toda tradición es costumbre, esta última representa el núcleo más irreductible de la conciencia temporánea.
Llegará una época (¿será esta, acaso? Imposible dar certeza) en la que, por primera vez en la historia, se quiebre la brecha que separa ambas conciencias y las dos converjan. Esto no quiere decir que se combinen, sino que ambas se vuelven características propias de la época, al tal punto que se convierten no en el límite una de otra, sino que ambas se diluyen entre sí. La conciencia temporánea pierde su posición hegemónica y la extemporánea deja de ser excepción en cada ciclo histórico, adquiriendo jerarquía de marca de época. Hay una fuga hacia el infinito: no importa el tipo de pensamiento o idea que adquiera, ya que estos siempre serán actuales. Cualquier entidad que consideremos anacrónica o anticuada podrá ser calificada como “de otra época”, significando “de un tiempo anterior al presente”. No obstante, pierde sentido la expresión de que algo es “adelantado a la época”, ya que no existe más la proyección catafórica vinculada al concepto de modernidad, por lo cual deviene abstracto.
