Estructura y espíritu de la traducción

Toda traducción entendida como resultado o consecuencia del acto de traducir puede estructurarse, grosso modo, en tres niveles: uno comunicacional, uno gramatical y uno natural (o también referido como “de la naturalidad”). A su vez, cada nivel posee un eje dinámico, un núcleo que constituye dichos sistemas como tales. Los hace, básicamente, ser lo que son. Así, se puede establecer que el eje del primer nivel (comunicación) será la semántica, el del segundo (gramática) será la sintaxis y el del tercero (naturalidad) será, en principio, la fonética (en caso de una interpretación) o el vocabulario técnico y la jerga (dependiendo del tipo de traducción propiamente dicha de la que se trate). Será objeto de otro trabajo el papel que juegan las variaciones regionales de una misma lengua (dialectos) y la importancia de la localización en el mercado de la traducción.

Como ya mencioné anteriormente, de los muchos factores que determinan la finalidad de una traducción, hay uno que pareciera primar por encima del resto: la voluntad de comunicar. Se podría dar por sentada la existencia de una traducción en sí misma, pero un concepto tal como traducción para sí misma es más difícil de hallar, porque estaría privada del sentido indicado anteriormente, de su propósito último. Y porque, desde una perspectiva teleológica, una traducción no puede agotarse en sí misma. La razón de ser de una traducción es llegar a algún lugar distinto del cual se parte. Es por eso que el nivel comunicacional es el fundamental. Es una suerte de boceto, mínimo e indispensable, del cual ya podemos deducir la figura de la que se trata. Será su esencia el sentido o significado del mensaje que se quiere transmitir: en resumen, la semántica. Tal es su núcleo irreductible y su forma de manifestación más básica y elemental. Una traducción que porte el mensaje con su sentido inalterado cumplirá su función, incluso con falencias gramaticales y léxicas (o fonológicas). Se puede discutir si la traducción es virtuosa o no, pero es innegable que el receptor (aun con cierto esfuerzo) entenderá lo que se le está transmitiendo, captará la macroidea y desechará del mensaje lo que sienta que no aporta a la situación comunicativa.

En un segundo segmento, pero que corre de forma paralela al anterior, se define la cuestión gramatical. El boceto comienza a tomar mejor forma, su figura es más nítida. La estructura se armoniza, la comunicación transcurre con mayor fluidez. El receptor del mensaje se relaja a medida de que precisa de un esfuerzo menor por decodificar el mensaje. Al existir pericia sintáctica por parte del productor, amaina la necesidad de un contexto que ayude al destinatario a completar el mensaje. Hablamos de una traducción de mejor calidad, más completa y armoniosa.

Existe un tercer nivel, el más periférico con respecto al núcleo semántico y, acaso, el más vinculado a lo estético. Se trata de la fase de la naturalidad. Nuestro boceto ya pasó a ser un dibujo bien definido, con un importante nivel de detalle. En cuanto al eje propio de esta etapa, debemos hacer una distinción: si la producción es oral (por ejemplo, una interpretación) el eje será la cuestión fonética. Mientras mejor sea la pronunciación del intérprete, más natural será en relación al idioma meta. En cambio, si el mensaje es escrito, la totalización de la traducción objetiva[1] estará a cargo del código propio de la lengua meta, de lo más ajustado que se encuentren las distintas unidades léxicas que componen la producción al contexto social y cultural o a la “industria” específica en la que esté llevando a cabo el acontecimiento lingüístico.

Hasta aquí, un breve racconto de cómo se estructura una traducción. Corresponde, para cerrar, hacer mención de lo que llamo “espíritu de la traducción”.

Una de las características principales de la traducción es que es universalizante, ya que su razón es la trascendencia. Trascender un límite, una frontera, y llegar a un lugar al cual sería imposible arribar de otra manera. ¿Podría considerarse la traducción como la pata lingüística de la globalización? ¿O, mejor dicho, su lenguaje el motor de su sistema comunicativo? ¿Cuán importante es una traducción exitosa en el mundo de los negocios? O, al revés ¿cuán perjudicial puede ser para un negocio (o un proceso, o una investigación) una traducción que no cumpla su objetivo?

La labor de traducir, además de ser fundamental, es compleja desde muchos niveles de análisis. Son innumerables los factores con los cuales los profesionales de la traducción deben lidiar: aptitudes, condiciones espacio-ambientales, conocimientos, herramientas tecnológicas, etc. Pero existe uno que es el más primigenio y básico de todos y es una condición con la cual cualquier texto es creado. Hay una esencialidad que nace en la conciencia del enunciante en la que es imposible que la voluntad de someter su expresión al proceso de cambio de lengua se encuentre presente. Se puede concluir que, salvo algún ejemplo académico puntual, ningún texto nace para ser traducido. Es decir, no solo debe el traductor combatir las fuerzas materiales de la palabra y el sentido, sino que también debe enfrentar esa pulsión, sutil como un hálito, que es la resistencia de cualquier enunciado original a ser modificado.  

Es la traducción la fuerza que viene a aglomerar todas las ciencias, independientemente de cuales sean sus categorías. Es el hilo invisible que las une. No lo es el lenguaje, ya que este sería insuficiente.  Es imposible que se dé el conocimiento de una ciencia en una cultura diferente sin la otra cara del lenguaje que es la transformación de significantes, la equivalencia en distintas lenguas. En efecto, es la traducción la manifestación más elevada del lenguaje.

No se puede visualizar un sistema dentro del cual se agrupen todos los campos de estudio que componen el tronco filosófico universal sino desde la traducción. La traducción es capaz no solo de albergar y unir todas las cimas del conocimiento (por más que alguien pueda argüir que de eso ya se encarga el lenguaje) sino también de darles dinamismo, movimiento y divulgación.


[1] Ver Fenomenología de la traducción

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