Supongamos que debemos entablar una conversación con otra persona cuya lengua nativa no es la nuestra. Pueden ocurrir dos cosas: que uno de ambos hable la lengua del otro, o bien, que ambos hablemos en una tercera lengua.
Una vez definida alguna de las dos modalidades mencionadas, nos preparamos para emprender una labor nada fácil: que se produzca la comunicación, es decir, que el mensaje llegue al destinatario en la forma en que pretendemos.
En el caso de que debamos hablar una lengua que no sea la nativa, el primer obstáculo de todos no tiene que ver ni con el volumen de voz, ni con la sonoridad del ambiente ni con la claridad de nuestra dicción. Es un obstáculo psicológico: la tensión. Esa tensión está relacionada con el “temor” de que ese mensaje no llegue adecuadamente a nuestro interlocutor. Ni bien concluimos una oración, y previo a la devolución, automáticamente nuestro cerebro se pregunta “¿Qué entendió de todo lo que le dije?”.
Ahora nos toca escuchar: nuestro interlocutor habla y, al concluir su producción, analizamos. Si, a su vez, fue esta persona quien eligió el aventurado camino de la segunda lengua, es probable que hayamos tamizado matices de pronunciación, errores ortográficos y, ocasionalmente, palabras pertenecientes a nuestro idioma, pero no propias de nuestro dialecto.
¿Cómo hacemos para moderar estas diferencias? ¿Tenemos recursos para reducir la brecha lingüística? En principio, y casi como un acto instintivo, tendemos a utilizar, más que de costumbre, lenguaje corporal: señalamos, gesticulamos y utilizamos las manos, con el objeto de complementar nuestro discurso y suplir esos “baches” que puedan haber quedado.
Otro gesto, casi de solidaridad podríamos decir, es hablar un poco más pausado, prestando atención en mejorar la modulación y, en ocasiones de gran inspiración, omitir palabras y expresiones quizás muy autóctonas, que seguramente no se enseñen en las primeras lecciones de nuestra lengua.
La tensión está siempre ahí. Puede ser más moderada o más intensa, dependiendo de la situación y de muchos factores, pero no va a dejar de estar. ¿Y cuál es el trasfondo de todo esto? Pues, el encuentro cultural, ni más ni menos. Esa base, sobre la cual se yerguen el lenguaje, las costumbres y la historia en común trasciende la interferencia comunicacional. No podemos caer en el reduccionismo de establecer que la comunicación falla simplemente porque no somos fluidos ni expertos en otra lengua. Es importante abstraerse y no dar por hecho un entendimiento de la otra parte que, acaso, no sea tal. Esas cosas en las que no nos detenemos cuando interactuamos con alguien con quien compartimos una lengua materna son aquellas que muchas veces nos alejan de nuestros interlocutores extranjeros.
Es importante, además de capacitarnos en la gramática y en la fonología lo más posible, tomar conciencia de la multiplicidad de interferencias que pueden concurrir para que la comunicación se distorsione.

Esa tensión es la que tanta veces me ataca y quiere hacerme desistir de intentar la comunicación “no lo/a voy a entender…no m va a entender”. Se puede enseñar a resolver esa tensión? Creo que solo la práctica y el intento pueden suavizarla
Práctica, perseverancia, paciencia…
Pero también un poco de empatía por parte de nuestrx interlocutorx ayuda y mucho. Creo que el artículo hace hincapié en eso.
Gracias por tu comentario, Silvina!
El tema, se me ocurre; es más profundo. Nuestros pensamientos son una cosa, y las palabras con las que intentamos “traducirlos” son siempre imperfectas. Pero “pensamos ” en lengua materna o propia. Luego ese es problema: pensar en otra lengua. Si en la materna es imposible, el proceso de doble traducción (pensamiento – lengua materna – traducción a otra lengua) se complica. Salvo los bilingües de nacimiento (por ejemplo nacer en Inglaterra de familia argentina trasplantada) pueden pensar simultáneamente en dos lenguas.
Cómo estás, Eduardo?
Sí, el tema tiene su complejidad. No solo hay un alejamiento entre lo que pensamos y lo que decimos, sino también entre lo que decimos y lo que nos entienden. Y la pregunta es inevitable: ¿qué se estará cruzando por la cabeza de la otra persona?
Gracias por escribirnos!
Saludos!